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Me encontré sentado en un pupitre de una escuela, al menos eso parecía, el
Maestro comenzó a darme la clase en la que me encontraba solo, había un sol
de mármol en el centro de la clase tan alto como él, era un hombre vestido
de blanco con barba corta y muy bello en su semblante, con tan solo mirarme
supe que era Jesús el Cristo y después de que me dejara que me percatara del
sol de mármol que era precioso y en el centro tenia una canica, me miro y
sonriendo me dijo: Sé que no te lo vas a creer pero ves esas canicas,
mostrándome un cubo lleno de canicas a los pies del sol, el cubo era mío de
cuando yo era más pequeño y eran mis canicas con lo que me resulto muy
familiar, al igual que el sol que aunque no lo había visto nunca, en mi casa
cuando era pequeño había un mapa de España de mármol de pequeño tamaño que
me gustaba mucho, la semejanza se apreciaba en que los dos eran sujetados
por columnas labradas a sus lados, con lo cual todo estaba adecuado a que yo
entendiera toda la esencia de la enseñanza con los pensamientos
familiarizados, bueno después de mirar las canicas y volver la vista al
Maestro me dijo: Todas esas canicas están en éste mismo momento en el centro
del sol de mármol. No volvió a decir nada más, pero comprendí que las
canicas éramos lo humanos y que el sol era Dios, fue como si me viniera de
golpe algo que ya sabia pero había olvidado, me entusiasme y me torne
alegre, Jesús me llevo a un camino donde se hallaba un puente de piedra
antigua y me dijo que esperara ahí, se fue y al instante volvió con unos
veinte jóvenes vestidos de blanco que se sentaron con las piernas cruzadas
alrededor mía, yo también me senté y entusiasmado con lo que había aprendido
empecé a explicarles la enseñanza, pero antes de continuar me percate de que
Jesús detrás de los jóvenes me miraba sonriendo y entonces sentí que era él
el que tenia que dar la clase, con lo que me levante y le dije: Perdona eres
tú el que debes de dar la clase, sonriéndome me contesto: Continua. Para mí
fue una gran alegría que el Maestro me dejara dar la clase, pero sentí que
tenia que explicárselo de otra manera y empecé así, sé que no lo vais a
creer pero en estos mismos momento estamos en el centro de Dios, imaginaos
un sol de fuego blanco y que en vuestro corazón lleváis una chispa de ese
fuego, aunque parece estar separada esa chispa está dentro del sol con la
misma energía y la misma luz. Después al pie del puente estuve despidiéndome
de todos ellos esperando volver a verles, me fui por el puente y desperté.
Cuando desperté sentí intensamente que no fue un sueño y estuve bastante
tiempo meditando sobre ello. Solo puedo decir que me siento feliz que Jesús
me diera esa enseñanza y pudiera recordarla con claridad.
De parte de José Francisco R.R.
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