CUENTOS 5ª PARTE
Aromas del Yerbal

Leía los nombres una y otra vez. El aroma de la plaza, su frescura y la sombra de los árboles lo sumergían en ese día, en esa playa distante, que sintió la firmeza de esos "Treinta y tres hombres".
Por su mente desfilaban las imágenes, mezclándose con las vivencias de sus juegos, corriendo tras barquillos de madera, descalzo, junto a la acera en los días de lluvia, se alternaba escondido tras una valla, descubriendo enemigos y dándolos por muertos en esa tan significativa forma de evolución que todos tenemos en el transcurso de nuestros juegos.
Respiraba profundamente y el monumento con letras de bronce le daba también el espacio necesario para alimentar sus juegos, hermosa mañana de sábado, donde lo mejor que había para hacer era jugar, ver la cartelera del cine en la otra esquina y vivir, tan solo eso, vivir una hermosa niñez plena de familia, de amigos que nunca más vería y de emociones, de esas que ya no se van, que quedan para siempre en los ojos.
Leía los nombres una y otra vez, se fijaban en su retina para ya nunca más desaparecer. La mañana se sumergió en esa letanía propia del interior y parecía que estallaba en algo nuevo en cualquier momento, espera constante del transcurso de las cosas, expectativa diaria de quien parecería que no tiene otra cosa que hacer, mas que esperar que la vida transcurra; pero vista desde un costado de la plaza, jamás como partícipe, solo como espectador impávido que nada lo conmueve.
La columna apareció a su izquierda, con paso cansado, silenciosa; eran espectros que marchaban por la calle, rostros de dolor, de sufrimiento. Poco a poco las miradas fueron atraídas por su doliente andar...
Mal vestidos, con la tierra del camino sobre sus cuerpos, como si fuera la única tierra de su propiedad, pero insuficiente para saciar su apetito.
Un brazo oculto, tomó sus espaldas y sus bocas se abrieron al unísono, vomitando sobre el granito de la vida, un cántico reiterado eternamente, "utaa, utaa, utaa".
Sorprendía lo inesperado; de esa eterna espera cotidiana, la vida estaba retornando lo suyo y no se alcanzaba a comprender aún, eterna paradoja de un pueblo, de mi pueblo...
Voy hasta el yerbal, dijo el niño, mientras jugaba con la rama que blandía cual un sable.
La mujer lo miró, le extendió una manzana y en tono severo le dijo cuando el niño ya salía corriendo ¡no te acerques a esos mugrientos!
Ya la puerta del zaguán se había cerrado, cerrando también la frescura, cuando termino de decir esto y el chico saltaba alegremente hacia el banco de la vereda y salía corriendo calle abajo.
El sol caía a plomo aquella tarde, los arboles, demasiado podados, casi nada de sombra arrojaban sobre la vereda por la cual caminaba alegre el chico, ya saboreando en su mente las ricas pitangas y la frescura del río.
La mujer estaba sentada en un pequeño arenal a orillas del Olimar.
Los tábanos y mangangaes zumbaban entre los arboles, arrullando al río, que parecía dormirse en aquel claro.
Con el pelo clinudo sobre su cara, dejaba caer sobre sus flácidos senos gruesas lágrimas, que se hacían luces en el niño que asomaba entre las arpilleras que lo cubrían del fuerte sol.
El muchachito con la boca teñida por las dulces pitangas, corría alegre entre todas las sensaciones que se agolpaban en su mente. El aroma del monte, de macachines y arrayanes, de violetas y lantanas impregnaban la tarde en sus vivencias, en sus volveres de eternas lejanías.
La mujer levantó la vista, sin dejar de amamantar a su pequeño, lo miró largamente, en silencio, en un largo silencio de soledad. El chico le mantuvo la mirada, era una mirada lejana que el no conocía, profunda y obscura que lo atraía hacia rumbos nuevos; se fue acercando con paso firme, manteniendo la rama que le sirviera para sus juegos en la mano, cual un sable, como aquellos que le hacen mármoles, era la protección que su fantasía le daba ante esa estampa nueva.
Anónimos sentimientos surgieron desde su interior, un ligero temblor estremeció su nuca donde se sintió erizado y bajando su brazo en sutil rendición,
preguntó, ¿porqué llora?, Inocencia divina que se manifestaba plenamente.
Por la mente de la mujer desfilaron sus recuerdos... no mucho tiempo atrás junto al cañaveral, cuando su marido le dijo: esto no es vida mujer, si acá entre la caña no está la comida que necesita mi hijo para crecer sano y fuerte, pues ya mismo nos vamos pa’ la capital a que nos den lo que es nuestro.
Y así vestidos con bolsas, semidescalzos y con el hambre a cuestas salieron a la capital; muchos fueron los que les acompañaron, no estaban solos en sus reclamos, en sus duras marchas por los suelos de la patria, de una patria que se antojaba distante y ajena...
La mujer tuvo a su hijo, bajo unos toldos, una mañana de Diciembre, a un costado del camino...
El chiquilín no repitió su pregunta, la respuesta resonó en su interior y el sentimiento creció cual llama que se enciende sola; se fue acercando lentamente, de su bolsillo extrajo la roja manzana y comenzó a lustrarla en el pantaloncito todo sucio de sus juegos.
Se la dio a la mujer, mientras las primeras lágrimas asomaban a sus ojos cuando acarició el rostro del bebé. La mujer extendió su brazo y lo atrajo hacia sí, como si quisiera integrarlo a su vida, lo apretó en su pecho junto a su hijo y le dio en la frente un beso.
Sergio Silva
Charco Gris
Era una fría mañana, no había podido dormir bien; la pesadilla era tan real, tan cruel, tan profundamente sombría como la realidad, la realidad del día, de la vida malgastada en mil noches de insomnio.
La lluvia golpea lentamente los cristales de la ventana, con esa monotonía embriagadora del tiempo. El sonido hueco del reloj me sumerge mas y más en ese mundo sacado d lo irreal, con figuras fantásticas a mí alrededor.
La pesadilla parece prolongarse con cada tic tac, sin que de ella pueda despertar; el viento mueve suavemente las copas de los árboles, llueve y esa lluvia la siento de llanto, por cosas que ya jamás volverán, de cosas que pasaron, de vidas vividas.
Me sumerjo en esas visiones del pasado, en una angustia que anuda mi garganta; locura de comprender, de creer que el final está próximo y que nada vale seguir.
En un segundo todo cambia, o soy yo, se intensifica, siento que voy de la mano con la muerte, vieja amiga que me llama; gruesas gotas golpean fuertemente en los empañados cristales, como si quisieran romperlos, gritar...
Negros nubarrones obscurecen el cielo, las torres se ocultan en la bruma de la mañana, se desvanecen por momentos, como se desvanece poco a poco mi vida.
La calle solitaria tiene un aspecto sombrío, monótono; de la esquina surge una sombra, se oculta en mi mente y vuelve a aparecer como espectro en mi pesadilla.
Con un gastado paraguas negro, un viejo camina lentamente bajo la lluvia. Sus pasos son calmados, no le molesta el llanto.
En su rostro se ven las huellas del dolor, sostiene el paraguas con una mano que se me antoja callosa y sarmentosa que no condice con la firmeza de sus pasos, lentos, pero inevitables.
Al aproximarse frente a la casa levantó su mirada que me hirió el alma, sus ojos eran de un azul intenso, muy firmes, como sus manos, pero dejaban ver más allá, eran ojos distintos a los espectros de mis pesadillas.
Reflejaba algo olvidado por mí.
¡Parece que gozaba con el aspecto gris de la mañana!
¿Es que tiene encanto?... tal vez... tal vez en el transcurso de los años vividos encuentre una nostalgia atrayente en esos charcos, pequeños, fríos y grises.
¿Será que el paso de los años enseña la forma de ver las cosas como realmente son?
Algún día mis pasos serán los que resuenen, cansados, lerdos, bajo la lluvia y seré yo quien ría... seré yo quien ría del mundo, de mí, de estos años mozos con mis inquietudes y mis anhelos. Seré yo quien ría de esta pesadilla cruel que hoy me atormenta.
Todo es gris, la lluvia vuelve a intensificarse, cual cortina infranqueable que oculta el horizonte. Me falta el aire, ¡necesito aire!
La nostalgia me muerde como perro rabioso, dejándome ese vacío interior.
Quiero fugarme, hacia algún lugar donde poner mi soledad, mis tristezas, todos los sueños que soñé y esta pesadilla diaria que de tanto repetirse ya son mis días.
El rabioso perro me sigue mordiendo y mordiendo... comprendo que estoy solo, que nací y moriré solo, que no sé quien soy. Me miro cual extraño sin encontrar esa respuesta de porque existo.
La nostalgia me esta matando lentamente, me desangra cada día, me revuelca en la miseria de perder cada día mi pasado, mi gente, mi tierra, allá muy al sur.
Una mano que no es la mía deja entrar un gélido y calmo aire cargado con aroma a humedad, a tierra mojada; esos ojos me enseñaron, me dieron un porque, se mezclaron con mi pesadilla y con ese fiel y rabioso amigo de mis días.
Hoy comienzo a volver y ya a lo lejos oigo el suave arrullo de un bandoneón, susurrando un tango.
Sergio Silva
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EL CARPINTERO
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Un carpintero ya entrado en años estaba listo para retirarse. Le dijo a su Jefe de sus planes de dejar el negocio de la construcción para llevar una vida mas placentera con su esposa y disfrutar de su familia.
Él iba a extrañar su cheque mensual, pero necesitaba retirarse. Ellos superarían esta etapa de alguna manera.
El Jefe sentía ver que su buen empleado dejaba la compañía y le pidió que si podría construir una sola casa mas, como
un favor personal. El carpintero accedió, pero se veía fácilmente que no estaba poniendo el corazón en su trabajo.
Utilizaba materiales de inferior calidad y el trabajo era deficiente. Era una desafortunada manera de terminar su carrera.
Cuando el carpintero terminó su trabajo y su Jefe fue a inspeccionar la casa, el Jefe le extendió al carpintero, las llaves de la puerta principal.
"Esta es tu casa," - dijo, "es mi regalo para ti."
Que tragedia! Que pena! Si solamente el carpintero hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, la hubiera
hecho de manera totalmente diferente. Ahora tendría que vivir en la casa que construyó "no muy bien" que digamos!
Así que está en nosotros. Construimos nuestras vidas de manera distraída, reaccionando cuando deberíamos actuar,
dispuestos a poner en ello menos que lo mejor. En puntos importantes, no ponemos lo mejor de nosotros en nuestro
trabajo. Entonces con pena vemos la situación que hemos creado y encontramos que estamos viviendo en la casa que
hemos construido. Si lo hubiéramos sabido antes, la habríamos hecho diferente.
Piensen como si fueran el carpintero. Piensen en su casa.
Cada día clavamos un clavo, levantamos una pared o edificamos un techo. Construyan con sabiduría. Es la única vida que podrán construir. Inclusive si solo la viven por un día más, ese día merece ser vivido con gracia y dignidad.
La placa en la pared dice; "La Vida Es Un Proyecto de Hagalo-Usted-Mismo".
Quien podría decirlo mas claramente? Su vida ahora, es el resultado de sus actitudes y elecciones del pasado.
Su vida mañana será el resultado de sus actitudes y elecciones hechas HOY!
Pasen esto a quien ustedes aprecien.
Yo lo acabo de hacer. :)
"Los unicos errores que cometemos en la vida son las cosas que no hacemos."
Kaina y Ricardo
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Estos otros hermosos cuentos de Anthony Mello lo envió Piti García
AMISTAD –
"Mi amigo no ha regresado del campo de batalla, señor. Solicito permiso
para ir a buscarlo".
"Permiso denegado", replicó el oficial. "No quiero que arriesgue usted
su vida por un hombre que probablemente ha muerto".
El soldado, haciendo caso omiso de la prohibición, salió, y una hora más
tarde regresó mortalmente herido, transportando el cadáver de su amigo.
El oficial estaba furioso: "¡Ya le dije yo que había muerto! ¡Ahora he
perdido a dos hombres! Dígame, ¿merecía la pena salir allá para traer un
cadáver?"
Y el soldado, moribundo, respondió: "¡Claro que sí, señor! Cuando lo
encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: Juan... estaba seguro de
que vendrías".
MANIPULACIÓN
El Maestro soportó, pacientemente sentado, las quejas que una mujer
tenia contra su marido.
Cuando ella concluyó, dijo: "Tu matrimonio sería más feliz, querida, si
tú fueras una esposa mejor".
"¿ Y cómo puedo serlo?"
"Renunciando a tus esfuerzos por intentar hacer de él un mejor marido".
Antes de cambiar a los demás, cambia tú. Limpia tu ventana para ver
mejor.
EL PESCADOR SATISFECHO
El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del
Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
"¿,Por qué no has salido a pescar?", le preguntó el industrial.
"Porque ya he pescado bastante por hoy", respondió el pescador.
¿ Y por qué no pescas más de lo que necesitas?", insistió el industrial.
"¿Y qué iba a hacer con ello preguntó a su vez el pescador.
"Ganarías más dinero", fue la respuesta. "De ese modo podrías poner un
motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más
peces. Entonces ganarias lo suficiente para comprarte unas redes de
nylon, con las que obtendrias más peces y más dinero. Pronto ganarias
para tener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías
rico,
¡como yo!
"¿Y qué haría entonces?", preguntó de nuevo el pescador.
"Podrías sentarte y disfrutar de la vida", respondió el industrial.
"¿ Y que crees que estoy haciendo en este preciso mornento?", respondió
el satisfecho pescador.
Es mas acertado conservar intacta la capacidad de disfrutar que ganar un
montón de dinero.
LA SOPA DE LA SOPA DEL GANSO
En cierta ocasión un pariente visitó a Nasruddin, llevándole como regalo
un ganso. Nasruddin cocinó el ave y la compartió con su huésped.
No tardaron en acudir un huésped tras otro, alegando todos ser amigos de
un amigo "del hombre que te ha traído el ganso".
Naturalmente, todos ellos esperaban obtener comida y alojamiento a
cuenta del famoso ganso.
Finalmente, Nasruddin no pudo aguantar más. Un día llegó un extraño a su
casa y dijo: "Yo soy un amigo del amigo del pariente tuyo que te regaló
un ganso". Y, al igual que los demás, se sentó a la mesa esperando que
le dieran de comer.
Nasruddin puso ante él una escudilla llena de agua caliente. "¿Qué es
esto?", preguntó el otro.
"Esto", dijo Nasruddin, "es la sopa de la sopa del ganso que me regaló
mi amigo".
Es absolutamente imposible enviar un beso a través de un mensajero.
NUNCA MÁS
"Ya me he pillado los dedos una vez. ¡Nunca más volveré a enamorarme!",
dijo el amante que se había visto rechazado.
"Eres como aquel gato que, habiéndose quemado por sentarse en una
estufa, nunca más quiso volver a sentarse", replicó el Maestro.
Anthony de Mello
Un cordial Saludo: Piti García