Vivir
la fraternidad y la armonía entre los seres humanos son los ideales
de paz que más se predican, en contraposición al desastre, la guerra
y a todo género de conflictos. Pero la paz no comienza desde fuera,
sino desde dentro. No depende de las decisiones de altos funcionarios
sino de lo que llevamos en el interior. La paz es un valor que suele perderse fácilmente de vista. Cuando
una nación entra en conflicto con otra y tenemos que vivir sus
consecuencias o cuando en la familia los problemas o pleitos comienzan
a surgir comenzamos a apreciar el valor que tiene la paz. La paz puede verse a nivel internacional o a nivel personal, pero
en cualquier perspectiva debemos entender que no surge como producto
de un "no meterse con nadie", con un dejar hacer a los demás
para que me dejen "vivir en paz". La calma y tranquilidad
tampoco se da, necesariamente, como producto de convivir con personas
afines. Las dificultades entre los seres humanos suele ser algo común.
Quien no sabe vivir en paz generalmente lo identificamos como una
persona conflictiva porque: - Es imposible llegar a un acuerdo, aunque sea pequeño y de poca
importancia. Vivimos en una época en la que se habla mucho de armonía y paz
interior. Sin embargo pocos mencionan que una de las mejores formas de
alcanzar estos ideales es mediante el espíritu de servicio hacia los
demás. La paz es el fruto de saber escuchar, de entender las
necesidades ajenas antes de las propias. Mucho de la paz que podamos vivir con los demás radica en nuestra
forma de expresarnos. En algunos momentos tenemos el impulso de hacer
notar los errores de nuestros interlocutores sin saber todo lo que
tienen que decir, provocando discusiones y resentimientos. Expresar
nuestro punto de vista en el momento oportuno, facilita la comunicación
y aumenta las posibilidades de superar las dificultades, pues ambas
partes se sienten escuchadas. Del mismo modo ocurre cuando se hace necesaria la corrección de
una actitud: el disgusto nos mueve a reprender en el momento sin medir
las palabras que utilizamos. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido
por la excesiva dureza que tuvimos con nuestros subalternos, hijos o
compañeros? La pérdida de la paz interior consecuente, se debe a la
intolerancia e incomprensión que mostramos, generando una imagen
negativa y tal vez altanera de nuestra persona. Por eso es importante
pensar con serenidad antes de tomar cartas en el asunto. Una de las grandes fuentes de la paz, o de la guerra, está en la
familia. Los esposos deben ser conscientes que al crear el vínculo
conyugal, se comienza a dar la fusión de distintas costumbres y
formas de pensar. El arte de convivir, olvidarse del afán de dominio
y buscar el justo medio entre las diferencias, trae la armonía como
consecuencia. En otras palabras: es necesario aprender a conversar y
obtener propósitos de mejora concretos que beneficien a todos en la
familia. En cuanto a la paz familiar, no olvidemos que todas las actitudes
de los padres se reflejan en los hijos, por eso es importante: De igual manera, en las relaciones de amistad debe procurarse la
buena convivencia. En una reunión de amigos que ven un partido de fútbol
es fácil ver discusiones que comienzan sobre la decisión que tuvo el
árbitro en alguna jugada. En pocos minutos puede crecer la molestia,
la palabrería descuidada y al cabo de pocos minutos: fin de la reunión.
A veces la paz es así de frágil. Como en todos los valores, se requiere la
iniciativa personal para lograr vivirlos. La paz interior surge como
un producto del conocimiento propio: aprender a dominar nuestro egoísmo
y el deseo de tener siempre la razón; saber escuchar y comprender las
debilidades propias y ajenas. Pero sobre todo: pensar en los demás
siempre. Cuando esto ocurre conciliamos la paz con nosotros mismos y
con nuestros semejantes. Familia Fitzgerald |