La ley de la polaridad

Cuando
un electricista hace una conexión no se pone a reflexionar cuál de los cables
es bueno y cuál malo, cuál es el pecaminoso y cuál el escogido por Dios.
Simplemente sabe que trabaja con dos fuerzas, una de polaridad positiva y otra
negativa. Separadas son inocuas, pero si se las junta ocurrirá el milagro. Y lo
que sucede a niveles de electricidad es la constante en el universo: existen dos
poderes opuestos que se apoyan mutuamente para producir perfección. Su
interacción se define como la “Ley de la polaridad”, o “Ley del
dos”. Esta ley opera en forma muy sencilla, sin embargo la humanidad no ha
tenido hasta ahora la sabiduría de tomarla en cuenta. Por ello hemos pasado
por: guerras, segregación, persecuciones, injusticias y calamidades en milenios
de historia.
Cuando
el momento llegó para que el hombre comprendiera los secretos de la polaridad
tuvimos un maestro a nuestra disposición, el Buda.
Nació como príncipe, pero voluntariamente se convirtió en mendigo, tal
vez para tener la vivencia del Yin y el Yang, como él llamó a estas dos
fuerzas constructoras. Enseñó el Buda que la felicidad es posible, siempre y
cuando escojamos transitar por el camino del medio. Desgraciadamente los
hombres, en vez de poner en práctica
su sabiduría, le rindieron culto y volvieron religión sus enseñanzas.
Entonces como Budistas se vieron impulsados de vuelta a
la balanza, pues al estar en pro de algo siempre habrá quienes estén en
contra. Y lo que el Buda había legado, como forma de integración, dividió al
mundo en dos corrientes: oriente y occidente, los partidarios de la Ley del dos,
y los fanáticos de un solo Dios.
La
Ley de la polaridad es el mecanismo por medio del cuál el universo mantiene su
estado de equilibrio. Podemos comprenderla simplemente observando el fluir de
todo lo que nos rodea. A nivel
subconsciente nuestro cuerpo sabe, nuestras reacciones involuntarias siempre
unifican la polaridad para obtener mejores resultados. Si vas a correr hacia
adelante, tu cuerpo se echa primero hacia atrás. Si intentas saltar hacia
arriba, tu cuerpo toma el impulso yendo primero hacia abajo. Si llorando llegas
hasta el final de tus lágrimas entonces reirás; y si riendo alcanzas el
extremo de tu risa entonces llorarás. Si te duchas con agua fría saldrás con
calor, pero un baño con agua muy caliente te producirá frío. El abuso de
comida te conducirá a una dieta estricta, y la dieta estricta
de vuelta al abuso de comida. Hemos salido a explorar el espacio exterior
y se nos han revelado los misterios ocultos de nuestro propio mundo, mientras
que los hombres sabios buscan dentro de sí mismos y pueden llegar a percibir el
universo entero. En el juego del amor vemos parejas que al primer encuentro se
detestan, y cuando el odio es total entonces se enamoran y se casan. Mientras
que, al unirse los más enamorados, el extremo del amor invariablemente les enseña
a odiarse, hasta que el divorcio los separe.
Por
eso a la “Ley de la Polaridad” se la llama también la “Ley del Péndulo”.
Oscilamos de un extremo al otro porque no comprendemos que si nos polarizamos
totalmente en un solo lado, la vida nos lanzará automáticamente hacia el
extremo opuesto. Esto ocurre porque nuestra tarea es aprender por contrastes.
Por ejemplo: sabremos qué es la luz únicamente si antes hemos visto oscuridad.
La tristeza pone en relevancia la alegría. Comprenderemos lo que es bondad si
existe la idea de lo que es maldad. La enfermedad nos brinda la percepción nítida
de lo que significa la salud.
Por
eso todas las situaciones que vive un ser humano son igualmente valiosas. Que
sean agradables o desagradables no interesa, solo cuenta el bagaje de sabiduría
que cada experiencia nos aporta. Aceptado esto, nos haremos voluntarios del
camino medio, porque aplicaremos la sazón del buen cocinero a cada aspecto de
la vida: agregar una pizca de azúcar a los platos de sal y una pizca de sal a
los platos de dulce. Reconoceremos entonces que siempre hay algo de fealdad en
la belleza y algo de belleza en la fealdad, algo de verdad en la mentira y algo
de mentira en la verdad.
Así tendremos flexibilidad para aceptar el punto de vista antagónico “del otro”. Con la conciencia de que en el exceso de riqueza solo vamos a encontrar pobreza, cambiarán los parámetros para evaluar el éxito. Ya no llamaremos “macho” a un hombre por su agresividad y fuerza, sino por la capacidad de demostrar ternura y expresar sus emociones. Caso similar al de un vehículo que requiere su mayor potencia, no para alcanzar máxima velocidad, sino para que, como carroza funeraria, pueda avanzar muy lentamente sin que su motor se apague o tiemble.
Por: Hortensia Galvis Ramz